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31/07/2009
El precio de nuestros afectos

www.lavanguardia.es

Carles Guerra

El mercado, que pone precio a todo, invade nuestra vida íntima. Cada vez relegamos más tareas y dejamos en manos ajenas cuidados que antes asumíamos como propios. Nos hemos convertido en consumidores de afectos, hoy considerados servicios normales.

Porque el tiempo, que hasta hace poco se dividía entre el trabajo y el de uso personal, no nos pertenece. Aunque duela decirlo, nuestra sociedad absorbe estas contradicciones sin demasiados aspavientos. La frontera que delimita el mercado cada vez está más cerca de conquistar aspectos netamente humanos.

 A nadie escandaliza ya la existencia de canguros, cuidadores de gente mayor, monitores de tiempo libre, psicólogos y animadores de todo tipo. Lo vemos como algo natural, una tendencia cultural que disfraza ansiedades y carencias.

 Hablando con Arlie Russell Hochschild, socióloga norteamericana que visitó el CCCB el pasado abril y distinguida por sus investigaciones sobre el trabajo afectivo, aseguraba que "hasta hace poco aceptábamos que una mujer pagara a otra para que amamantase a su hijo. Ahora pensamos que debe ser la misma madre la que lo haga. La línea del mercado va y viene, no constituye una frontera rígida –matiza haciendo el gesto de empujar con la mano–. Cien años atrás a nadie se le ocurría pagar para que otros le escuchasen. Para eso estaban los amigos o el sacerdote. Ahora, incluso la gente más madura emocionalmente acude al terapeuta. Está totalmente aceptado".

 De modo que los intercambios personales se confunden con una mercancía más, fenómeno que esta autora ha reflejado en una larga lista de obras, hasta su último título que ha sido traducido al castellano, La mercantilización de la vida íntima. A lo largo de la entrevista que mantuvimos el mismo día que participaba en un debate sobre la cultura de la crisis, Hochschild desgranó un sinfín de ejemplos y casos de estudio.

 Poco dada a la especulación teórica, transmite sus ideas a través de observaciones que ponen sobre la mesa emociones y sentimientos humanos capturados por la economía. "Algo se apunta en el futuro", dice antes de explicar su última investigación. "Hace dos meses estuve en India entrevistando a madres de alquiler que son inseminadas y que durante nueve meses llevan dentro a un hijo que entregarán por 3.000 dólares. La pregunta es: ¿Queremos que el mercado controle este tipo de cosas?"

 Sin tiempo para responderle, añade que "en estos momentos ya se pueden comprar el semen, el óvulo y la matriz". Lo dice con la misma naturalidad con la que uno habla de los muebles de Ikea, donde lo único que hay que hacer es montar el producto. Sin embargo, Hochschild advierte de que "el propósito de este intercambionoes conseguir cosas, sino afirmar relaciones humanas". El ejemplo no tarda en llegar. "Por principio no me opongo a esta posibilidad. Puede ser algo extraordinario que una mujer lleve dentro el hijo de otra que ha sufrido un cáncer".

Tanto como la vida íntima, Hochschild está pensando en nuevas formas de entender lo sagrado. "Lo que yo estudio es cómo trazamos divisiones. Cuáles son las ideas de lo sagrado, y no me refiero a lo sagrado en el sentido tradicional. Podría existir lo civil sagrado". En este punto introduce otra de sus observaciones que nos llevarán a la cocina. "Cuando antes recibías a un amigo, le preparabas comida para expresar lazos de amistad. Ahora vas a un restaurante más o menos bueno. También he hablado con algunas parejas que admiten no haber cocinado nunca, pero en su casa tienen una encimera de lujo intacta. Ese objeto ha sido sacralizado, y al revés, el acto de comer se ha desacralizado".

 Me imagino que cuando contratamos a una persona para que ejerza de canguro también estamos empujando la noción de lo sagrado hacia ese ámbito. Hochschild, que da la impresión de ser un banco de anécdotas, me responde con una de sus historias favoritas. "No sé si puedo contarte una anécdota que acabo de explicarle al periodista con el que conversé antes. Se trata de un señor que tenía una hija pequeña. En su comunidad todo el mundo con hijos contrataba a un animador para las fiestas de cumpleaños. Así que los niños estaban acostumbrados a ello. Pero este señor tenía una hija de seis años y decidió que le organizaría la fiesta él mismo. Se resistió al mercado. El día del cumpleaños llegó y como era australiano se puso un gran sombrero y ropas que le hacían parecer Cocodrilo Dundee. Las niñas le observaban atentamente mientras él tenía preparadas una pocas líneas. Pero las criaturas empezaron a aburrirse muy pronto y dieron a entender que no era tan divertido como otros payasos contratados. Para empeorar aún más las cosas, el vecino le dijo: ¡George, déjalo en manos de los expertos! Ellos saben muy bien lo que les gusta a los niños de seis años".

 Hochschild extrae la moraleja. Dice que el conocimiento sobre el sentido del humor que pueda tener una niña de seis años está en el experto. La apostilla es: "tienes que contratarlo". Recuerda que al principio el hombre sintió mucha vergüenza. "La historia me conmovió, pero después entrevisté a la hija, transcurrido un tiempo. Le pregunté cómo recordaba aquel episodio y respondió que también pasó apuros al ver a su padre vestido de manera tan ridícula. Pero luego le pareció divertido y se sentía agradecida de que fuera él el que le daba algo". La externalización es un fenómeno real, "todos los días utilizamos servicios del mercado". Hasta tal punto que el lenguaje que usamos es un lenguaje más propio del mercado.

 El mercado se entromete en la vida como una tendencia cultural. "Cuando hablamos de una relación amorosa decimos que esperamos una compensación a cambio de una inversión emocional. La gente se conoce a través de la red como si fueran marcas que se publicitan para atraer la atención".

 Así que hay una corriente de mercado por la que no necesariamente circulan billetes entre las manos. Hochschild se pregunta "¿Dónde establecemos una división entre el mercado y las emociones para no dejar de parecer humanos? Es el momento de darnos cuenta de que hemos sido capturados por un sistema que es problemático, un sistema que nos hace trabajar para recuperar nuestra propia humanidad, en lugar de equilibrarlo con políticas públicas. En los últimos treinta años, y especialmente en la época de Bush, lo que se reclamaba era una apropiación neoliberal del mercado, de todo, mientras el propio Bush se jactaba de defender la familia. Los americanos han sido objeto de un engaño. Esta invasión del mercado no ayuda a la familia o a las relaciones humanas. Al contrario. Hemos invertido mucha energía emocional para adaptarnos a un mundo que no queremos. Y es triste. Privatizamos un problema público".

 Su última historia explica que se tropezó con lo que en inglés se denomina un wantologist, una especie de asesor personal que te descubre lo que verdaderamente necesitas, en caso de que no lo sepas. "Una mujer acudió a uno de estos especialistas en busca de paz. El especialista averiguó que a la mujer le complacía caminar sobre la arena por la orilla del mar. Pero el mar estaba demasiado lejos de su casa y le recomendó que adaptara una habitación con arena en el suelo y sonidos de olas. ¡Es deprimente tener que recurrir al mercado para salir del mercado! Así que el sentimiento de paz es algo que al final también compramos".

 Lo que no sabía Hochschild, al igual que muchos ciudadanos de Barcelona, es que esta es una de las pocas ciudades que dispone de una Concejalía de los Nuevos Usos Sociales del Tiempo enmarcada en una política de bienestar social. El objetivo de esta delegación del ayuntamiento de Barcelona es restituir la posibilidad de que la gente tenga el derecho a gestionar su propio tiempo. Al decirle esto, Hochschild exclamó con asombro: "¿Bromeas?".

 En una conversación con Carme Freixa, asesora de la concejalía en cuestión, esta admitía que lo que está en juego es un nuevo derecho de ciudadanía. "Un gobierno democrático debe repartir el tiempo, dado que cada vez más representa un bien escaso. Estamos empeñados en dejar de considerarlo como un problema particular. Necesitamos saber qué factores han intervenido para que haya dejado de ser un derecho de las personas".

 Imma Moraleda, la concejala de Usos del Tiempo confirmaba en otra entrevista que se trata de una apuesta por un tema innovador. "El símil más apropiado nos llevaría a comparar estas políticas con las de medio ambiente". En un discurso pronunciado frente a la subcomisión del Congreso de los Diputados que analizaba la conciliación de la vida laboral, familiar y personal, en Madrid el 21 de junio del 2006, la concejala afirmó que era necesario "situar el tiempo de las personas en el centro de un nuevo modelo de articulación social".

 A partir de la década de los años 80 se han implementado políticas en esta línea, inspiradas en un principio por movimientos feministas. En los años 90, Italia empezó a legislar en esta materia. El 8 de marzo del 2000 fue promulgada la ley Tempi e Orari. A raíz de esta, otras ciudades italianas crearon sus propios Ufficio Tempi. En Francia la primera alcaldía socialista de París puso en marcha el Bureau du Temps. Y más cerca de nosotros ayuntamientos como el de Sant Boi de Llobregat y Terrassa también se suman a estas políticas.

 Aunque los ejes principales de esta gestión plantean el fomento de la cohesión social, la paridad, la igualdad de oportunidades y la autogestión del tiempo, Freixa insiste en distinguir entre conciliación y usos del tiempo. "Preferimos este segundo término. La conciliación no cambia nada, sobre las mujeres siguen recayendo las mismas obligaciones".

 El discurso de Moraleda aún va más lejos y sugiere que "las mujeres financian la conciliación pagándola con su salud". Una de las medidas adoptadas pone el acento en "implementar una discrimiación positiva para favorecer que los hombres empleen el tiempo en tareas y trabajos no remunerados que faciliten las relaciones interpersonales y el bienestar físico y psíquico de las personas".

 Un DVD editado por la concejalía presenta testimonios de empleados de varias empresas que se han acogido a la Xarxa d'Empreses Nust. Las recomendaciones principales consisten en primar la eficacia en lugar de la presencia en el lugar de trabajo, trabajar por objetivos y utilizar la tecnología para alcanzar estos fines. En Roche han introducido mayor flexibilidad horaria, en Abacus han instaurado un banco del tiempo, en Mondadori un mes sabático, en Enantia han concentrado la jornada y en la UOC se ofrecen masajes sin salir de las instalaciones de la universidad.  Karen Ghazal, de Citigroup, ha pasado a trabajar desde casa y afirma que "de momento es una experiencia positiva".

 No obstante, Hochschild recordaba que cuando realizó entrevistas en una empresa para escribir un libro que titularía The Time Bind (1997), subtitulado Cuando el hogar deviene trabajo y el trabajo deviene hogar, la mayoría admitía que se sentían más reconocidos en el mundo laboral que en casa. Si preguntaba dónde sentían más seguridad, respondían que en la empresa: "He trabajado para esta compañía treinta años y en cambio voy por el tercer matrimonio". Hochschild relativiza el dato diciendo que "esta extraña y preocupante inversión sólo se daba en uno de cada cinco de los trabajadores entrevistados". Sin embargo, aquí hay una tendencia. "En Estados Unidos el mercado ha creado fascinantes mundos en el espacio de trabajo, mientras la familia cada vez más carece de apoyo".

 La consecuencia de todo esto es que los mecanismos de compensación han convertido el afecto en un bien trasportado de sur a norte y de una lado para otro, encarnado en inmigrantes que venden sus cuidados, como cualquier mercancía. Si una socióloga como Hochschild está empeñada en levantar el disfraz a esta verdad oculta, la concejala Moraleda reconoce que las nuevas políticas del tiempo deben dar visibilidad a una productividad no reconocida. Estas tendencias también demuestran, a juicio de la administración representada por ella, que las ciudades no están pensadas desde el tiempo de las personas. "Se han concebido desde la perspectiva de la organización social del tiempo propia del siglo XIX o de la primera mitad del XX". Tampoco nuestra economía ha desarrollado una contabilidad capaz de medir el precio justo de los afectos

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